Hillary Clinton y la guerra neoliberal de Wall Street contra América Latina.

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Por: Eric Draitser / Rebelión

Hoy por hoy, el hecho de que haya un golpe en marcha en Brasil y que la derecha esté empleando medidas extraordinarias para derribar a Dilma Rousseff ya no es noticia.

Lo que apenas se discute en medio del derroche de palabras sobre la destitución de Dilma Rousseff y la corrupción en Brasil es el contexto más amplio: la forma en que el capital financiero internacional está trabajando con Hillary Clinton y otros miembros de la elite política de Estados Unidos para reafirmar el Consenso de Washington en América latina; la forma en que las derechas regionales están colaborando con ese proyecto; y la forma en que esto se manifiesta en los países seleccionados. A pesar de que algunas de las piezas de este rompecabezas podrían estar fuera de la vista, es el momento de reunirlas todas para ver la cuestión en su cabal dimensión.

Brasil y Argentina: dos casos de estudio sobre la intromisión de Wall Street en América latina.

Mientras el mundo espera el siguiente episodio del drama brasileño, es muy importante señalar por qué se está dando este espectáculo de la destitución (impeachment, en inglés). Después de haber sido electa y reelecta cuatro veces en otras tantas de las últimas elecciones, Dilma Rousseff y el Partido de los Trabajadores (PT) son innegablemente la formación política más popular de Brasil, un país conocido por su profunda división entre la elite adinerada de derecha y las inmensas masas de trabajadores y pobres que apoyan predominantemente a la izquierda, incluyendo al Partido de los Trabajadores en los últimos años.

Dentro de esta dinámica, de ninguna manera es sorprendente comprobar que el gobierno está siendo derribado por una coalición de extremistas de la derecha, desde aquellos que apoyan desembozadamente una dictadura militar brasileña instalada por Estados Unidos hasta quienes solo quieren ver un Brasil embarcado en un modelo de desarrollo económico más neoliberal. Sin embargo, lo que podría sorprender a algunos es el papel clave que los poderosos intereses financieros tienen, y continuarán teniendo, en este proceso y en cualquier futuro gobierno de Brasil.

A mediados del pasado abril, justamente mientras se preparaba el voto de destitución, la agencia Reuters de información reveló que el derechista vicepresidente de Brasil, Michel Temer, ya estaba preparando la lista de candidatos para formar su presunto gabinete una vez que Dilma y el PT fuesen quitados de en medio. Temer había elegido a Paulo Leme para hacerse cargo tanto del ministerio de Economía como de la dirección del Banco Central. Dado que Leme es el director de operaciones de Goldman Sachs en Brasil, esto quizá le convertiría en la figura preeminente de Wall Street en el país sudamericano.

Por supuesto, no puede descartarse la significativa influencia que empresas como Golman Sachs ya tienen en el país solo con sus propiedades. Por ejemplo, el capital financiero de Wall Street está muy bien conectado con uno de los hombres más ricos de Brasil, Jorge Paulo Lemann, el multimillonario propietario de Heinz Ketchup y Burger King, que es el principal accionista de Angheuser-Busch y Budweiser y está estrechamente asociado con Warren Buffett. Con su historial en el mundo del capital financiero, es lógico que Lemann, y los intereses que él representa, hayan apoyado económicamente a grupos que participan en las manifestaciones que piden la destitución de Dilma Rousseff, entre ellos el muy conspicuo VemPraRua (ven a la calle).

De la misma manera, no debería sorprender a nadie que otros grupos clave de manifestantes hayan sido financiados directamente por otros intereses de Wall Street, particularmente los tristemente célebres hermanos Koch. Charles y David Koch son los financistas clave que están detrás del MBL (Movimiento por un Brasil Libre) y el EPL (Estudiantes por la Libertad) vía la Fundación Atlas para la Investigación Económica y la Academia Atlas de Liderazgo, de donde han surgido los más importantes líderes de la protesta en la calle.

Por estas razones, resulta entonces del todo lógico que los actores clave del impeachment impulsado en Brasil parecerían recibir órdenes directamente de funcionarios estadounidenses, o al menos colaboran con ellos. De hecho, un día después de haber votado la destitución presidencial, el senador Aloysio Nunes estuvo en Washington manteniendo encuentros de alto nivel con el senador republicano Bob Corker, jefe y miembro importante de la comisión de Relaciones Exteriores del Senado, y con el senador demócrata Ben Cardin, un importante apoyo de Hillary Clinton. Nunes también tenía programado reunirse con el subsecretario de Estado Thomas Shanon, el tercero en la jerarquía de funcionarios del departamento de Estado y el primero en Asuntos Latinoamericanos, como también con representantes de la organización lobbista Albright Stonebridge Group, encabezada por Madeleine Albright, importante apoyo de Clinton.

Efectivamente, esos encuentros muestran el deseo de quienes están conspirando con el golpe institucional de colaborar con todas las fracciones del Consenso de Washington –los republicanos y los demócratas, el capital privado y las agencias gubernamentales– para realizar una transición suave, respaldada por Estados Unidos, en Brasil. De hecho, sería perdonable pensar que estuvieran esperando una repetición del golpe en Honduras de 2009, presidido y consentido por Hillary Clinton y su entramado de lobbistas y amigos en Washington.

Ciertamente, parece que todos esos lucrativos discursos que Clinton ha pronunciado para Goldman Sachs no eran solo para impresionar al gigante de Wall Street con la promesas de una administración amigable con el mundo de las finanzas una vez que llegara a la Casa Blanca, sino también para hacer una demostración de la encomiable atención al cliente que ella podría brindar a sus patrones en cuestiones de política exterior. Para ver cómo trabajan juntos ambos aspectos, solo hay que mirar hacia el sur: desde Brasil al brillante ejemplo de Argentina.

En noviembre de 2015, Mauricio Macri supero a su rival y obtuvo la presidencia de Argentina. Pero mientras la victoria fue un triunfo claro de la derecha argentina, efectivamente se trató del equivalente político de una toma de poder hostil por parte de Wall Street. En cuestión de días después del triunfo electoral, Macri ya dio a conocer su equipo económico integrado por gente de Wall Street y representantes de las grandes corporaciones petroleras, entre otras industrias.

Con el gobierno de Macri, la economía argentina está ahora firmemente en las manos de Alfonso Prat-Gay (ministro de Economía), banquero de Wall Street desde hace mucho tiempo, ideólogo neoliberal y ex presidente del Banco Central de la República Argentina (BCRA). Francisco Cabrera (anteriormente del gigante del banco HSBC y otras entidades financieras) se hizo cargo del ministerio de Industria, mientras otro ideólogo neoliberal, Federico Sturzenegger ahora es el presidente del BCRA. Además, el nuevo ministro de Energía, Juan José Aranguren, fue presidente de la filial Argentina de la gigantesca petrolera Shell.

En esencia, como obviamente lo demuestra su equipo económico, Macri no ha disimulado el hecho de que su administración sea un apoderado del capital financiero y el gran negocio. En febrero, el mismo Macri hizo que rápidamente esto fuera evidente con su capitulación ante las exigencias del multimillonario buitre Paul Singer, con el acuerdo argentino de pagar cerca de 5.000 millones de dólares (el 75 por ciento de lo que reclamaba) al grupo de Singer que había estado encontrándose con el firme rechazo del gobierno de Cristina Fernández a someterse a la voluntad de los multimillonarios de Wall Street. Con esta única acción. Macri mostró al mundo, y en especial a los financistas de Nueva York, que Argentina estaba abierta a los negocios.

Hillary Clinton y la agenda neoliberal de América latina

Es indudable que uno de los objetivos de América latina sigue siendo las materias primas: tanto Brasil como Argentina son reconocidos como los más importantes productores de materias primas, mientras Venezuela continúa siendo uno de los principales productores de petróleo del mundo. Entonces, solo desde esta perspectiva, es obvio que estos países gozan de la más alta estima por parte de los chacales de Wall Street. Pero la cuestión se profundiza mucho más a medida que América latina va siendo vista como un foco del impulso más vasto de ampliar la hegemonía tanto política como económica del eje Estados Unidos-Wall Street-Londres.

Es posible que la pieza central de este proyecto sean los muy discutidos Tratado Transpacífico (TTP) y Tratado Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP), que podrían crear una infraestructura comercial corporativa de índole supranacional, que esencialmente subordinaría cada una de las naciones a la hegemonía de las corporaciones y al capital. Naturalmente, las organizaciones progresistas de izquierda de América latina y sus aliados han hecho todo lo posible para bloquear la implementación del TTP y el TTIP. Pero esto puede cambiar ahora.

Macri ha expresado su deseo de utilizar el Mercosur como un medio para entrar en el TTIP, el vasto tratado de libre comercio que abriría América latina al capital europeo y estadounidense. También ha expresado su deseo de acercarse a los países de la Alianza del Pacífico, tres de los cuales (Chile, Perú y México) ya participan en el TPP. Estos movimientos se harían posibles si se dieran dos situaciones.

La primera es la destitución del gobierno Rousseff que, a pesar de estar dispuesto a dialogar sobre el TTIP, no se ha mostrado proclive a subordinarse a los intereses del capital de Washington y Londres.

La segunda es la posibilidad de la elección de Hillary Clinton, que sigue siendo la principal representante de Wall Street en la carrera presidencial de Estados Unidos. Pese a que sus históricos lazos con Golman Sachs y otros poderosos bancos están muy bien documentados, su veneración por el libre comercio al servicio de las políticas de EEUU, más allá de su hueca oratoria, es también muy conocida.

Durante los debates nacionales en el Partido Demócrata sobre la cuestión del TTP, Clinton mintió descaradamente diciendo que ahora se opone a ese tratado, a pesar de que en 2012 –mientras era secretaria de Estado– había estado a favor de él, diciendo que el TTP “deja sentado el principio de oro de los tratados de comercio”. Mientras ahora se presenta como una proteccionista opuesta a negociar lo que sería malo para los trabajadores, en el pasado ella ha mostrado su constante apoyo a este tipo de lo que se da en llamar libre comercio.

Por el contrario, Donald Trump ha hecho notar su oposición al TTP; aun así, debería señalarse que su argumento de que ese tratado beneficiaría a China es ridículo. De todos modos, a Trump no le entusiasma este tipo de tratados de libre comercio, y no es de fiar cuando se trata de su habilidad para reunir a todas las partes necesarias para conseguirlo. Por lo tanto, una vez más, Hillary Clinton emerge como la preferida de Wall Street.

Tal vez sea por esto que Charles Koch –uno de los tristemente famosos Hermanos Koch, el equipo de multimillonarios de derecha– admitió recientemente que ante la posibilidad de la nominación de Donald Trump, él podría apoyar a Hillary Clinton. Ciertamente, esta es ahora la posición declarada de numerosos y muy influyentes pensadores neocon de derecha. Y cuando se trata de América latina, el premio mayor es el cambio político en beneficio de del control y la explotación económica.

Desde el surgimiento de Hugo Chávez, América latina ha transitado su propio camino de democratización y abandono del anterior estatus de “patio trasero de Estados Unidos”. Con Hillary Clinton y Wall Street trabajando codo a codo con sus apoderados latinoamericanos de la derecha, Washington busca reafirmar su control. Quien pagará el precio de esta jugada es la población de América latina.

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