Habana 500: El Habana Libre Trip se retoca la mirada

Historia del antológico mural de la afamada pintora y ceramista cubana Amelia Peláez, que ahora mismo remozan. Como gigantesco ojo de muchos azules, así el Hotel Habana Libre Trip parecía contemplar desde su fachada el ir y venir de los cubanos transitando por la Rampa habanera.

El que fuera en su momento inaugural -1958- el hotel más alto y grande de toda Latinoamérica, 61 años después, con la serenidad de elegante dama bien plantada, mientras contemplaba la cotidianidad capitalina dejaba ver su espléndido mural coloreándole la fachada.

Se trata del mismo mural de la afamada pintora y ceramista cubana Amelia Peláez, el cual este junio comenzó a ser objeto de importante reparación.

«Las Frutas cubanas» es el nombre de esa importante obra artística de 69 metros de largo por diez de alto, elaborada a partir de seis millones 700 mil pequeñas piezas cúbicas hechas con pasta de vidrio coloreado, llamadas teselas.

La obra comenzó a emplazarse en enero de 1959 y algunos aseguran que la fueron montando, como mismo se arma un rompecabezas. Se estructuró de izquierda a derecha, es decir, desde la calle 23 a 25 y, en vez de piezas de un rompecabezas, fueron centenares y centenares de teselas las que iban sacando de los huacales, provenientes de una manufactura de Murano, Italia.

Observando un orden estricto, con sumo cuidado y detalle las iban adosando a la fachada de la edificación hasta completar 670 metros cuadrados. «Siguiendo el boceto de la artista, el mural fue confeccionado en México y su elaboración y montaje estuvieron a cargo del italiano Luis Schodeller. Costó 300 mil dólares».

Así aseguraba el periodista e historiador Ciro Bianchi, citando al doctor Gregorio Delgado, historiador del Ministerio de Salud Pública.

Blanco, negro, gris y ocho gradaciones de azul armaron la paleta empleada por la Peláez en el mural, elaborado a partir de la técnica del mosaico veneciano.

Dolorosamente, la fijación del mural al concreto de la fachada no cumplió todos los estándares de calidad por parte del adhesivo, y unos 14 meses después de inaugurado el hotel comenzaron a ocurrir desprendimientos parciales, incluyendo accidentes, que dieron pie a su remoción total.

Fue en 1997, cuando, ejecutada esta vez en México, siempre ajustándose a los bocetos originales de Amelia y bajo estricta supervisión de expertos cubanos del Centro de Diseño Ambiental y de otras entidades, la obra -en una segunda versión- volvió a apreciarse en su sitio original.

Como solución, en aquel año se le colocaron paneles de hormigón reforzado enchapados con los mosaicos del mural, garantizándole así años de seguridad luego de reinaugurada la obra el 22 de diciembre de ese año 97.

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Quien detuvo la mirada en ese mural, hoy sometido a una nueva restauración, pudo descubrir, recreando a partir de la propuesta inicial, lo mismo piñas que mangos, helechos, peces y mucho más de la palpitante naturaleza cubana entretejido a volutas y arabescos como los que distinguen rejas y guardavecinos coloniales.

No resultó fortuita la elección de los azules. El cercano mar Caribe, restallando a escasas cuadras contra el Malecón que remata la calle 23; y el cielo, también «cercano» a esa torre de 27 pisos, levantada a más de 150 metros sobre el nivel del mar, fueron los tintes primigenios donde la artista villaclareña hundió sus pinceles.

El inmenso mural con naturaleza ¿muerta? concebido por Amelia, ha funcionado cual singular documento de identidad de esa popular esquina de 23 y L, y del hotel todo, que irradia cubanía desde cada uno de sus muros y, especialmente, desde las obras de arte que lo engrandecen.

Porque no solo el mural de la Peláez se ha integrado a esta edificación. Aportándole igualmente personalidad y anclando sus raíces aún más en esta Isla, en el Habana Libre Trip varios pintores y ceramistas han dejado también su huella. Es el caso por ejemplo de la obra «El Carro de la Revolución», del pintor y ceramista Alfredo Sosabravo.

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Amelia Peláez del Casal, la ilustre artista cubana nacida en Yaguajay, hoy tendría 123 años. Y, de existir un maravilloso paraíso de los colores, probablemente debe andar por él más que satisfecha al saber que a su más espléndido mural le están asegurando nuevamente larga vida como estandarte de cubanía.

 

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